Florentino Rodríguez Oliva

Patria

Florentino Rodríguez Oliva

Cronista oficial de Malpartida de Plasencia

Cuando ética y estética se hermanan en perfecta simbiosis, si de literatura tratamos, se nos regala la obra de un escritor de la altura moral que alcanza Fernando Aramburu en su producción narrativa. Un auténtico don. Leer a este autor implica adentrarse en las galerías de la dignidad humana, de la nobleza espiritual, de la altura intelectual, del juicio ecuánime, de la solidaridad encomiable, de la discreción cervantina, del respeto al prójimo, de la beligerancia contra la violencia, de la admirable autenticidad que aún creemos intrínseca del ser humano.

La obra de Aramburu va llegando a ser apabullante, no sólo en cantidad, que lo es, sino en calidad, como pueden certificar quienes dedican tiempo leerla y a disfrutar de la recreación que tal literatura nos ofrece de la realidad. En esa producción narrativa encontramos obras emblemáticas que testimonian esa percepción de lo auténtico que señalamos. Así ocurre con Patria, cuyo primer año de vida ha superado en ediciones y ventas a todos los best seller actuales al uso, y va camino de convertirse en el fenómeno editorial más destacado durante largo tiempo en lengua española.

Patria, el título, quizá pueda resultar palabra eludible, ingrata y de escaso interés semántico a quienes, a bote pronto, el vocablo les sugiere ciertas resonancias emocionales de connotaciones chauvinistas o sectarias, propias de nacionalismos excluyentes, fundamentalistas o secesionistas.  No es el caso, y además estoy escribiendo de literatura, de una de esas elevadas cimas creativas que en contadas ocasiones brotan del hontanar narrativo actual.  La exitosa novela que nos ocupa (Patria, septiembre 2016) cuenta con el precedente temático de Los peces de la amargura (2006), donde el escritor había plasmado ya el compromiso personal ético y estético con la tierra vasca y, en concreto, con el problema del terrorismo etarra y sus implicaciones en la vida cotidiana, años atrás,  de aquellos agónicos territorios españoles.

Escritor de fuste, insuflado por el aliento narrativo de la mejor tradición del género en Europa, Aramburu, admirador hasta la devoción del ya desaparecido Ramiro Pinilla, sin llegar a la asombrosa amplitud de Verdes valles, colinas rojas (casi tres mil páginas de la mejor literatura), nos ofrece a su vez un monumento literario referido a un tiempo actual, esto es, coetáneo a la mayoría de los lectores de hoy. El novelista presenta, amplía y desarrolla, ahora con detalle y en un mensaje unitario, el asunto ETA tomando como referencia las peripecias vitales de dos familias vascas trágicamente unidas, no tanto para el amor y el odio, sino para apuntalar un destino de esperanza y comprensión como broche catártico del malhadado y cruel desencuentro en que se ven envueltas las vidas de sus integrantes respectivos.

El arranque narrativo viene motivado por el anuncio y la parafernalia terrorista del abandono de la “lucha armada”, es decir, el momento cuando los etarras han decidido dejar de asesinar. Pero la acción abarca un pasado cercano y amplio en el que se desarrollan las vivencias de los personajes durante el apogeo del terrorismo independentista vasco y las imbricaciones de los protagonistas en ese convulso y doloroso devenir de la historia reciente de España.

Resulta difícil vencer la tentación para no destacar aspectos motivadores y justificaciones de la grandeza, la perfección y las incuestionables virtudes literarias de Patria, cuyo contenido, ensamblaje y relación con la realidad representada, entre otros elementos del género, nos lleva a pensar en Pérez Galdós, de manera especial, el Galdós de las “novelas contemporáneas” y su culmen narrativo, Fortunata y Jacinta; obvio es, mutatis mutandis. Sin embargo, sí cabe sugerir, incitar, pedir con insistencia que se lea Patria. La aventura de transitar por sus más de seiscientas páginas deviene en disfrute ininterrumpido y prolongada admiración. Si la acción nos ata al texto, si los personajes nos cautivan por su hondura y autenticidad, el estilo y la lengua nos maravillan y envuelven. Solo quiero resaltar, a modo de ejemplo, la manera en que la perspectiva de un determinado personaje queda fundida en el discurso del narrador omnisciente, gracias a un manejo magistral del idioma y de las técnicas narrativas.

El prestigioso y recordado crítico, admirado profesor y maestro de tantos discípulos como pasaron por sus aulas o bebieron en sus textos, Ricardo Senabre, cuyo avezado ojo sabía distinguir como pocos el grano de la paja, alababa a los escritores capaces de testimoniar en la ficción el tiempo coetáneo a sus novelas; y los contraponía a tanto novelistas evasivos, especialistas del pasado, fabricantes de bestseller,  y que al socaire de la llamada “novela histórica” rehuían ocuparse  de historias de la actualidad. Por eso, Fernando Aramburu, al igual que Rafael Chirbes, entre otros, gozaban de su estima como crítico y lector. Y de la nuestra, porque Patria es un excelente y representativo ejemplo de la admirable y brillante concepción del texto narrativo como testimonio artístico del momento en que ha sido gestado y ha visto la luz para el público lector. Una aventura, pues, que merece la pena ser vivida, es decir, compartida vía la lectura más gratificante.

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