Del “tren del Oeste” y algo más

No quisiera incurrir en la pesadez pero la actualidad puede mucho. Vuela la milana y con sus acrobacias ha puesto en marcha la maquinaria regional. Llamadas, reuniones, condiciones previas, líneas rojas que dicen los modernos. Cuando la crisis asoma y se anuncian reuniones y preparos, nada más oportuno, a mi parecer, que recurrir a los Maestros, así con mayúsculas. Uno de ellos, uno de los poquitos que aún adorna esta tierra y la contempla con mirada pirata de ojo izquierdo que no han podido acallar, regaló las siguientes palabras:

[…] El pueblo madura y, muy pronto, buscará sus ancestros, asideros sin los que no se es nada. Día llegará en que el extremeño repudie, como cicuta, el pasto mitológico con el que se ha pretendido perpetuar un clima feudal que ya, parece, se encuentra herido.

Pero Extremadura, desgraciadamente, no es Cáceres, no es Badajoz. La Extremadura verdadera   —sin espejismos— son centenares de pueblos desperdigados, desangrados, expoliados, con la renta per cápita más alucinante de esta solidaria nación que premia y castiga con el baremo del interés, obviando cualquier planteamiento de justicia distributiva. Que no caiga el extremeño en la trampa de la solidaridad de las diferentes nacionalidades españolas. Solidaridad, sí, a la hora de las buenas intenciones. Te quiero, te quiero pero no te doy dinero.

Menos confiar en una solidarida aleatoria y más exigir autonomía sobre las cuantiosas riquezas autóctonas. Porque donde no hay negocio nunca podrá haber ocio. Y si se programa a un pueblo para que sobreviva infrahumanamente, sólo le quedará aferrarse a un alcohol agradecido.

“[…] ¿Cómo puede exigirse cultura a un pueblo que lidia desde que nace hasta que muere               —generación a generación, pulso a pulso— con una medicina tercermundista, una enseñanza de palotes [ahora digitales en regresión, digo yo], unas carreteras que constituyen la antología del accidente, un tren del Oeste, un paro que se dispara, un ahorro que se evade, unas materias primas —para qué más eufemismos— que nos roban, usa aguas y un aire que nos corrompen, un arboricidio que nos desertiza, una emigración programada y encauzada —más gente fuera que dentro— que ha dejado de ser diáspora para invadir el terreno del genocidio, y, un programado comportamiento centralista en apoyo de oligarquías indígenas y foráneas que han convertido nuestra tierra en colonia barata apta para todo tipo de experimentos humanos y económicos?”.

¡Tren del Oeste!. ¿Se puede decir con menos? ¿Se puede decir mejor? Lo escribió Víctor Chamorro en su libro “Por Cáceres de trecho en trecho”. Era 1981 y ya existía el ISBN.

Finalizo añadiendo que aquellos que entienden que este problema del tren no es el principal de los que en 2017 sangran a Extremadura, ahí tienen una lista de posibles reivindicaciones por las que poder manifestarse como y donde quieran. A mí, y por aquello de que no sea todo victimismo interior, se me ocurren otras, pues los “malos” no están siempre fuera. Sirva de ejemplo: ¿Para cuando un Presidente autonómico de Cáceres (provincia, entiéndase)? ¿Es que para esa “carga” hay que tener genética sureña?

Hablemos, escribamos, manifestémonos o, como molestia menor, concentrémosnos, pero hagámoslo de todo pues no siempre la insolidaridad es forastera, y esa, que también duele y mucho, debería tener fácil arreglo. ¿O no?

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