De mi “y”

De mi “y”

 

Ahora que en Bélgica no cabe un tonto más y se están pensando en devolver a su no país de origen a cinco, y mientras Extremadura se prepara para su particular marcha verde, blanca y negra y un nuevo vuelo de la Milana, sobre la capital del Reino que visibilice allí nuestro deteriorado patrimonio ferroviario, yo voy a escribir de mi “y”. Sí, como se lee, de mi “y”.

Y es que desde hace ya unos años luzco, a veces sí, a veces no, la “vigesimosexta letra del alfabeto español y vigesimoprimera de sus consonantes” que en función de conjunción copulativa une mis dos primeros apellidos: Sánchez y Torreño. Tan es así que no sin chanza, mofa e incluso, befa, no falta quien se dirige a mí en esos términos.

No entiendo el porqué de semejante dislate. Nadie se plantea cuestionar a quien lució apellidos como Ortega y Gasset, Ramón y Cajal, Sara y Mago –¡ah, no! que es Saramago–, o de alguien más cercano: Gabriel y Galán y de quien un alumno mio afirmó “era un pantano”.

Decía que no lo entiendo pero en realidad sí. Es fácil comprender y también perdonar sobre todo cuando sabes que todo llega por desconocimiento o ganas de calumniar.

Me ocurría a mí desde hacía años, en concreto desde que me compré un libro sobre The Beatles y que todavía anda por ahí, de un tal Jordi Serra i Fabra, que me llamaba la atención el empleo de la “i” interapellidos  catalanes que entendí, y así parece que es, como símbolo de identidad nacional, otro más, catalana. Ahora puede que a alguno le haya venido a la mente otro figura: el ex mejor huésped del Palace madrileño, Durán i Lleida de apellidos y Josep Antoni de nombre.

Me llamaba la atención, decía, y no pasó de ahí, hasta que un día, hurgando en papeles familiares, me encontré que en el Libro de Familia, ese de portada azul que incluso fotocopiada sirve para justificar matrimonios imposibles, figuraba mi nombre como segundo hijo de mis padres y, ¡sorpresa!, Sánchez se unía a Torreño, no de cualquier manera, no, sino con una preciosa “y”.

Con el argumento en papel oficial, la coartada perfecta estaba servida y de ahí a cartas, oficios, instancias, firmas diversas, etc.

Un día, un creyente Director de Directores, me preguntó sin pudor alguno, que a qué venía el empleo de la “y”. Le contesté que yo sabía como me llamaba y que él debería hacer lo propio consultando su Libro de Familia. Si lo ha hecho no lo sé, tampoco me importa.

Soy consciente de que salvo algún ilustrado en esta materia, se pensará que soy un pedante, esnob e incluso petulante. Nada de eso. Quien me conoce bien, lo sabe, como sabe que es una cuestión reivindicativa para acallar diferencias territoriales que ahora no me apetece calificar.

En un manual de genealogía –la investigación me lleva a este tipo de cosas– se puede leer que como cuestión práctica y desde 1861 “se había legislado por la Administración española que en los instrumentos públicos los individuos debían figurar con sus apellidos paterno y materno y, como señala un manual legislativo de ese mismo año, no debe omitirse nunca la consonante “y” entre el apellido paterno y materno, porque en España son muy frecuentes los apellidos dobles”.

En febrero de 1960 el Registro Civil de Cáceres seguía esa norma y por ello, yo, y supongo que otros muchos más –quizás tu también, amable lector–, figuro en él con el nombre y además, los dos apellidos “copulados” con la “y”. Así que ya sabes: Sánchez y Torreño, y no, al menos por esto, pedante, esnob e incluso petulante. Buena semana.

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