Pongamos que hablo de…

 

Pongamos que hablo de…

 

Debía estar yo en 1º o quizá 2º de nuestra última guerra civil, cuando, con ocasión de un acto académico y en un aparte, pregunté al ponente, a la sazón experto en Negrín, que cuándo había dejado de estar vigente el gobierno español que hubo de exiliarse ante el empuje “Nacional”.

Me dijo, más o menos, que eso era un lío y que lo importante es que, una vez reconocido por los principales países el de Burgos, el otro yo no contaba. Dejó de estar, también de ser.

Viene esto a cuento para argumentar que las cosas son también, a veces, las personas, mientras sean reconocidas como tales.

Hoy, salvo algún descerebrado con genes dislocados, nadie discute que el territorio que hoy ocupa una Comunidad Autónoma de este nuestro país es español, y que por ello es España la soberana sobre él, y que también por ello, y como norma general, los nacidos en él tienen el derecho a la nacionalidad española. Pero, ¿es éste un derecho irrenunciable? No lo sé, pero si lo es se debería plantear con carácter urgente alguna iniciativa para que quienes siendo españoles por obligación pudieran renunciar a serlo si tan mal les sienta al estómago-bolsillo. Es cuestión de sentimiento y ahí hay poco que decir. Nada, mejor.

Así, todos aquellos que, de acuerdo con un mínimo de coherencia, renunciasen a la nacionalidad española podrían convertirse, según opción personal, en apátridas o ciudadanos de otro país que tuviere a bien concederles tal condición (por ejemplo, el erial de Maduro).

Dicho esto, a partir de ahí, aquellos que solicitasen continuar viviendo en España, es decir, en el territorio bajo su soberanía, deberían hacerlo en condición extranjeros o bien de apátridas de acuerdo con la norma que les afectase, y aquellos que no se decidieran por esta opción, deberían emigrar a alguna “tierra de nadie” para allí fundar, con la forma de gobierno que les deleitase, su particular país y esperar, eso sí, el reconocimiento de la comunidad internacional pues si no, ya se sabe, sencillamente no existe por muchos membretes que rotulen.

Si no se les ocurre ese idílico destino –que es lo más probable– y como el cortijo de Maduro cae lejos y lo mismo también roba, les sugiero entren en contacto con el Régimen argelino y le soliciten un poco hamada, al ladito de los saharauis que desde hace muchos, muchos años, esperan volver a su tierra y su mar, estos sí, bajo un estado opresor y un sexto ya Mohamed, y celebrar un referéndum que tienen aprobado y bien aprobado.

Aquí, y ante esa situación, podríamos plantearnos ayudarles mediante –pongamos por ejemplo– una ampliación del programa “Vacaciones en paz” o mejor, por aquello de no mezclar con cosas serias, una variación que bien podría denominarse “Vacaciones sin locos”, pues, aunque yo no, seguro que no faltarían españoles que acogerían con gusto a las inocentes y adoctrinadas criaturas.

Y todo esto porque no puedo creer que quienes nos consideran españoles como insulto, fascistas, ladrones y sobre todo, especie inferior, pretendan seguir ostentando la nacionalidad española y compartir territorio patrio en superioridad de condiciones. ¡Hasta ahí podríamos llegar! ¡Menudos espabilados de pueblo!

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